Home Santa Marta Alcalde Carlos Pinedo elogia a la gobernadora Margarita Guerra ¡¿Propuesta de alianza o jugada calculada?!

Alcalde Carlos Pinedo elogia a la gobernadora Margarita Guerra ¡¿Propuesta de alianza o jugada calculada?!

por Álvaro Quintana Mendoza
Carlos Pinedo cambia la confrontación por la cortesía estratégica para comprometer la gestión de Margarita Guerra con Santa Marta.

El alcalde de Santa Marta, Carlos Pinedo Cuello, ha decidido cambiar el manual de combate por un ramo de flores políticas al reconocer públicamente la gestión de la gobernadora del Magdalena, Margarita Guerra, rompiendo así con años de hostilidad institucional para lanzar un dardo cargado de intención, pues en la política regional la cortesía suele ser el arma más afilada.

La política en el Magdalena se ha escrito históricamente con el alfabeto del conflicto, ya que durante años la distancia entre el Palacio Tayrona y la Alcaldía de Santa Marta no se midió en metros, sino en una brecha ideológica que parecía insalvable para cualquier administración.

Sin embargo, el reciente discurso del Alcalde Carlos Pinedo Cuello frente a las cámaras no es un simple gesto de buenos modales, sino un movimiento sísmico en el tablero regional donde, al llenar de elogios a la gobernadora Margarita Guerra, el burgomaestre ejecuta una pirueta comunicativa que deja a la opinión pública preguntándose si estamos ante el nacimiento de una era de concordia o frente a una estrategia de ‘asfixia por afecto’.

Pinedo, sabe perfectamente que las palabras son contratos en el aire, de modo que al decir que hoy hay otro modelo de administrar en el departamento y destacar la buena intención de Guerra, está desarmando el discurso de la confrontación que alimentó al Magdalena por más de una década.

Esta no es una declaración de amor político gratuita, sino un ejercicio de realismo puro en el que Santa Marta, agotada por la parálisis que genera el choque de trenes entre Distrito y Departamento, observa cómo su mandatario tiende puentes de plata hacia la orilla de la Gobernación, aunque en política, cuando un adversario te abre la puerta con una sonrisa demasiado amplia, conviene revisar si detrás lleva una invitación o un pliego de condiciones.

El foco del alcalde no es abstracto, ya que al poner sobre la mesa de la gobernadora nombres propios como el Estadio Eduardo Santos, el colegio de Taganga o el Instituto Industrial, Pinedo está haciendo algo mucho más profundo que pedir ayuda, pues está delimitando responsabilidades territoriales de forma pública.

Al reconocer que estos proyectos están en cabeza de la Gobernación del Magdalena, el alcalde traslada el peso de la expectativa ciudadana directamente al despacho de Margarita Guerra, logrando una jugada maestra de corresponsabilidad donde si las obras avanzan, Pinedo reclamará el triunfo de la gestión articulada, pero si se estancan, el alcalde ya dejó claro ante los micrófonos quién tenía la competencia y quién falló a esa supuesta buena voluntad que él mismo se encargó de certificar.

Este nuevo tono busca también asfixiar el relato de la victimización que ha sido el motor electoral de la fuerza política de la gobernadora, porque si el alcalde de la capital se muestra abierto, respetuoso y dispuesto a sentarse si ella se lo permite, anula cualquier narrativa de persecución política.

Pinedo está obligando a Margarita Guerra a jugar en un terreno que no siempre es cómodo para el activismo, que es el de la ejecución silenciosa y la armonía técnica entre entes territoriales, situando a la gobernadora en una posición delicada donde aceptar el abrazo significa validar a su principal antagonista, mientras que rechazarlo la haría lucir como el único obstáculo para el progreso de la ciudad en vísperas de sus 500 años.

La mención al Estadio Eduardo Santos es quizás el punto más álgido de este cálculo, siendo ese monumento al cemento derruido el símbolo del fracaso compartido de la clase política del Magdalena que Pinedo, consciente de que la ciudad no le perdonará un año más de ruinas, decide reconstruir apelando al presupuesto departamental.

Es pragmatismo en estado sólido, pues no le importa quién corte la cinta siempre y cuando se haga durante su mandato, fundiendo así la sinceridad y el cálculo en una sola amalgama donde es muy posible que Pinedo quiera la obra, pero es absolutamente seguro que necesita que la pague la Gobernación.

Detrás de la elegancia de sus frases, el alcalde también envía un mensaje a sus propias bases y a los sectores gremiales que lo apoyan, demostrando que es un hombre de resultados y no de rencores, lo cual representa una novedad absoluta en un Magdalena acostumbrado a mandatarios que se comunican por redes sociales mediante ataques incendiarios.

Pinedo está practicando una economía de fuerzas al no gastar energías en una guerra de micrófonos cuando puede obtener más beneficios a través de una diplomacia de presión constante y afectuosa hacia el Palacio Tayrona, aunque el riesgo de esta estrategia sea el mimetismo que pueda confundir a sus electores.

Al acercarse tanto a la figura de la gobernadora Guerra, Pinedo corre el peligro de que sientan que está claudicando ante el modelo que prometió cambiar, pero el alcalde parece haber calculado ese costo sabiendo que el samario de a pie no come de ideologías, sino de soluciones en agua, seguridad y estadios funcionales.

La apuesta es alta porque Pinedo está comprometiendo su capital político a la capacidad de la Gobernación para responder a sus piropos con inversiones reales, creando un juego de espejos donde la imagen de unidad es tan frágil como necesaria para la supervivencia administrativa de ambos.

Margarita Guerra, por su parte, recibe una papa caliente envuelta en papel de regalo, ya que al representar un modelo que se ha cimentado en la diferencia radical con la política tradicional, se enfrenta ahora a la paradoja de colaborar con su enemigo natural para salvar su propia gestión en el departamento.

Si ella ignora los llamados al diálogo, Pinedo tendrá la prueba reina para decir que la falta de progreso no es por omisión distrital sino por sectarismo departamental, configurando una encerrona de caballerosidad donde cada palabra del alcalde es un ladrillo más en el muro que intenta rodear a la administración departamental.

Al final del día, lo que estamos presenciando en Santa Marta no es el fin de la política de bandos ni el inicio de una amistad incondicional, sino la evolución del conflicto hacia una fase mucho más sofisticada donde Pinedo ha entendido que el que golpea primero con la mano extendida golpea dos veces.

No hay mayor agresividad política que la de aquel que te quita el argumento de la pelea obligándote a trabajar en equipo, dejando la suerte echada sobre la mesa de la unidad regional.

Carlos Pinedo Cuello ha decidido que la mejor forma de gobernar una ciudad en crisis es convirtiendo a la gobernadora en su socia obligatoria, mientras Margarita Guerra debe decidir si acepta este baile institucional o si prefiere quedarse sola en la esquina de la confrontación, mientras el Magdalena observa este idilio de conveniencia donde el único amor verdadero es el que se le tiene al poder y a la supervivencia de los proyectos.

Pinedo ha disparado la primera salva de paz y ahora le toca a la gobernadora demostrar si su buena intención aguanta el peso de una capital que ya no acepta más excusas envueltas en discursos de odio.

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