A casi un año del anuncio de seis muelles turísticos con inversión definida, en Santa Marta no hay avances visibles, mientras persisten los problemas en el transporte marítimo y la presión sobre las playas más visitadas.
Si alguien recorre hoy playas como El Rodadero, Pozos Colorados o Taganga en Santa Marta, la escena resulta familiar para cualquiera que haya vivido o visitado la ciudad en los últimos años, turistas llegando en grandes cantidades, lanchas moviéndose de un lado a otro tratando de organizar el flujo, accesos improvisados y una dinámica marítima que, pese al crecimiento del turismo, prácticamente no ha cambiado.
Ese contraste es evidente, porque mientras la ciudad recibe cada vez más visitantes, la infraestructura sigue siendo la misma, sin una evolución que acompañe esa demanda, lo que termina generando desorden, riesgos en la operación y limitaciones para quienes dependen de esta actividad.
Anuncio del proyecto
Teniendo en cuenta estas deficiencias, el 13 de mayo de 2025, Fontur oficializó la firma de un convenio con la Alcaldía de Santa Marta para la construcción de seis muelles turísticos en puntos estratégicos de la ciudad, entre ellos El Rodadero, Pozos Colorados, Taganga, Playa Blanca, Playa Grande y el aeropuerto.
La iniciativa fue presentada como una intervención capaz de reorganizar el transporte marítimo, mejorar las condiciones de acceso a las playas y darle una estructura más formal a una actividad que hoy funciona con múltiples limitaciones. Además, se planteó como una oportunidad para fortalecer el turismo, aumentar la competitividad del destino y generar impacto económico en sectores que dependen directamente del flujo de visitantes.
El proyecto quedó respaldado con una inversión de $21.624 millones, una cifra concreta que, en teoría, garantizaba su ejecución, y se anunció como parte del paquete de obras asociadas a los 500 años de la ciudad, lo que elevó aún más las expectativas.
¿Qué ha pasado desde el anuncio?
Con el paso de los meses, la distancia entre ese anuncio y la realidad se ha hecho evidente. El mismo comunicado dejaba claro que el siguiente paso sería la apertura de convocatorias para contratar la obra y la interventoría, es decir, el proyecto no estaba listo para iniciar de inmediato, sino que entraba en una fase clave de estructuración y contratación.
Sin embargo, casi un año después, no hay señales visibles que permitan confirmar que ese proceso avanzó hasta el punto de convertirse en obra. No se observan intervenciones en los sectores anunciados, no hay reportes públicos constantes que den cuenta del estado del proyecto y, para la ciudadanía, la sensación es que todo sigue en el mismo lugar donde se anunció.
Esa falta de información termina generando un vacío, porque no se trata solo de que la obra no haya comenzado, también se trata de que no hay claridad sobre qué ha pasado en ese tiempo, si los procesos avanzaron, si se detuvieron o si siguen en trámite.
¿Por qué no hay ninguna obra aún?
El proyecto fue presentado con recursos definidos, con ubicaciones claras y con una necesidad evidente, pero sigue sin traducirse en acciones concretas en el territorio, lo que lleva a preguntarse qué está frenando su ejecución.
En términos administrativos, es posible que existan etapas que toman tiempo, como ajustes técnicos, revisiones, procesos contractuales o trámites que no siempre son visibles para la ciudadanía, pero cuando no hay comunicación sobre esos avances, lo que queda es la percepción de estancamiento.
Mientras tanto, la realidad en las playas no cambia, el transporte marítimo sigue operando bajo condiciones que dependen más de la experiencia de quienes trabajan allí que de una infraestructura planificada, y los problemas de organización, seguridad y capacidad siguen presentes en temporadas de alta afluencia.
Los recursos y la duda central
El anuncio dejó una cifra concreta sobre la mesa, más de $21 mil millones destinados a esta obra, con participación del Gobierno Nacional y la administración local, lo que en teoría elimina una de las principales barreras que suelen frenar este tipo de proyectos, la falta de financiación.
Pero tener los recursos no siempre se traduce en ejecución inmediata, y ahí es donde surge la pregunta que hoy toma fuerza, si el dinero está definido y el proyecto fue priorizado dentro de una agenda estratégica, por qué no hay avances visibles.
Esa duda no es menor, porque estos muelles no fueron planteados como una obra secundaria, eran parte de una apuesta por transformar la dinámica turística de la ciudad, por ordenar el transporte marítimo y por generar oportunidades económicas en sectores que llevan años operando sin el respaldo de una infraestructura adecuada. La expectativa que se generó fue alta, y por eso el silencio actual pesa más.
Una promesa que sigue en espera
Los muelles representaban una posibilidad real de cambiar la forma en que se mueve la ciudad por mar, de conectar mejor sus principales puntos turísticos y de ofrecer condiciones más seguras tanto para visitantes como para trabajadores del sector.
También abrían la puerta a nuevas dinámicas económicas, porque una infraestructura organizada no solo mejora la experiencia del turista, también permite que más actores participen en la cadena de valor, desde transportadores hasta comerciantes y operadores turísticos.
Las playas continúan funcionando bajo las mismas condiciones de siempre, la movilidad marítima no ha evolucionado y la ciudad sigue esperando una obra que fue anunciada como parte de una inversión importante para su desarrollo.
El problema ya no está en la falta de ideas, está en la ausencia de resultados visibles, y en una ciudad como Santa Marta, donde el turismo es uno de los principales motores económicos, cada retraso no solo aplaza una obra, también aplaza oportunidades que llevan demasiado tiempo esperando.