Con teatro, talleres creativos y exposiciones abiertas al público, la Universidad del Magdalena llevó el Carnaval 2026 a un terreno distinto, uno en el que la cultura no solo se celebra, también se piensa, se construye y se comparte con la ciudad.
El Carnaval no solo se bailó en los espacios de la Universidad del Magdalena, también se interpretó, se pintó y se volvió conversación, en una agenda que logró conectar generaciones y poner en diálogo a la comunidad universitaria con la ciudadanía en general, demostrando que estas fiestas también tienen un valor profundo en la construcción de identidad.
Durante varios días, el campus y escenarios culturales vinculados a la institución se transformaron en puntos de encuentro, en los que el arte fue el lenguaje principal, mientras la memoria del Caribe se abría paso entre nuevas formas de expresión que invitan a mirar el Carnaval desde otras perspectivas.
La programación, liderada por la Dirección de Proyección Cultural de la Vicerrectoría de Investigación, se enfocó en crear espacios abiertos e incluyentes, donde estudiantes, artistas, docentes y ciudadanos pudieran participar activamente, no solo como espectadores, también como creadores de contenido cultural.
El inicio estuvo marcado por la puesta en escena de la obra ‘La vida es un Carnaval’, presentada por el grupo Ceda Títeres en el auditorio Roque Morelli, una función que llevó al público por un recorrido distinto, en el que los personajes, símbolos y relatos tradicionales cobraron vida a través de lenguajes escénicos que conectan con públicos de todas las edades.
A partir de ahí, la agenda se expandió hacia espacios más participativos, especialmente en el Centro Cultural Claustro San Juan Nepomuceno, donde se desarrollaron jornadas de creación artística que incluyeron talleres de diseño y pintura de camisetas, además de actividades de maquillaje inspiradas en el Carnaval, generando una experiencia directa con los elementos que hacen parte de esta tradición.
Estos espacios no solo permitieron explorar habilidades creativas, también ofrecieron una pausa dentro de la rutina académica, abriendo la posibilidad de que los estudiantes se conectaran con el arte como una forma de expresión personal y colectiva, fortaleciendo al mismo tiempo su vínculo con la cultura del Caribe.
El componente reflexivo también tuvo lugar dentro de la programación, especialmente con la exposición Memorias del Carnaval en el Caribe, herencias en color, forma y movimiento, una muestra que reunió obras de artistas locales de distintas generaciones, evidenciando cómo estas festividades se mantienen vivas a través del tiempo, adaptándose sin perder su esencia.
En esa exposición, el diálogo entre pasado y presente se hizo visible, con piezas que reinterpretan elementos tradicionales y los proyectan hacia nuevas lecturas, mostrando que el Carnaval no es estático, sino un proceso en constante construcción que se alimenta de la creatividad de quienes lo viven.
La participación de artistas samarios fue clave para consolidar ese mensaje, al aportar miradas que nacen desde el territorio y que conectan con las experiencias cotidianas de la región, lo que fortalece el papel del arte como herramienta para preservar y transformar la identidad cultural.
El respaldo institucional, bajo la dirección del rector Pablo Vera Salazar, se refleja en la continuidad de este tipo de iniciativas que integran investigación, creación y proyección cultural, consolidando a la universidad como un actor activo en la vida cultural de la ciudad.
Más allá de la agenda puntual, lo que deja esta programación es una señal sobre el papel que puede cumplir la universidad en la construcción de ciudadanía, al generar espacios donde el arte no solo se exhibe, también se vive, se discute y se transforma en una experiencia colectiva.
El cierre de las actividades no marcó un final, dejó abierta una línea de trabajo que sigue apostando por el arte como vehículo de encuentro, en un contexto donde la cultura se convierte en un puente entre la academia y la sociedad.
Así, el Carnaval en Unimagdalena no quedó limitado a la celebración tradicional, se transformó en una oportunidad para reconocer la memoria del territorio, fortalecer la identidad y abrir nuevas formas de creación que mantienen viva una de las expresiones más representativas del Caribe colombiano.