Home Magdalena Petro y Caicedo se quitan la máscara y se declaran en guerra  

Petro y Caicedo se quitan la máscara y se declaran en guerra  

por Álvaro Quintana Mendoza
Gustavo Petro y Carlos Caicedo aparecen enfrentados como si anunciaran un duelo político que marca la ruptura más fuerte entre ambos en el Magdalena.

Petro exige lealtad nacional y desconoce en voz alta el caicedismo; la izquierda en Magdalena se rompe.

El presidente Gustavo Petro no improvisó cuando dijo, en el más reciente Consejo de Ministros, martes 25 de noviembre, que no podía acompañar a grupos que se presentan como progresistas y que terminan dividiendo ese mismo proyecto de izquierda. Detrás de esa afirmación hay una lectura interna: el mandatario perdió, en las elecciones a la Gobernación del Magdalena, una contienda que esperaba capitalizar y la derrota proviene de un adversario que, en teoría, hacía parte de su propio universo ideológico.

Esa declaración funciona como un cierre público de un ciclo de relaciones tensas entre Petro y Carlos Caicedo. No se trata de una simple reacción a un resultado electoral adverso; es la verbalización de un malestar construido durante más de una década y por primera vez, el presidente expresa sin rodeos que no reconoce en el caicedismo un aliado confiable. Lo dice, además, en un momento donde la debilitación del proyecto nacional lo obliga a clarificar amistades, distancias y límites.

Un día después de dichas declaraciones Carlos Caicedo respondió con la frase: respaldaremos los programas que favorezcan al departamento y al país, pero no respaldaremos al presidente cuando trata de imponer una consulta con dirigentes de la llamada “izquierda camaleónica”, como Roy Barreras.

Un conflicto que venía incubándose desde 2012

La disputa no comenzó ahora. Arranca en 2012, cuando Caicedo llegó a la alcaldía de Santa Marta y Petro gobernaba Bogotá. En ese momento, el capital político del magdalenense era emergente, mientras que Petro se movía como una figura nacional consolidada. Los roces fueron inevitables: el entonces alcalde bogotano llegó a referirse a Caicedo como un mandatario de ciudad intermedia, sin mayor peso en el tablero nacional. Ese gesto fue leído como un intento de disminuir su relevancia política.

Otro episodio clave surgió durante la consulta presidencial de 2018. Ambos coincidieron allí, pero no como compañeros. Las referencias internas de campaña describen que Petro trató a Caicedo como un “político marginal”, expresión que hundió más las posibilidades de una relación estable. Nunca hubo reconciliación real; lo que hubo fue una necesidad táctica de coexistir.

En paralelo, la creación de la asociación de capitales, una iniciativa impulsada por ambos en su momento, dejó una herida que nunca cerró. Caicedo siempre consideró que no recibió el reconocimiento por los aportes conceptuales y operativos que dejó en esa plataforma de ciudades. Petro nunca lo reivindicó públicamente. Esa deuda simbólica es uno de los antecedentes de la tensión actual.

A todo eso se le debe agregar el rol de la estructura regional del caicedismo. En la última campaña, los líderes del Pacto Histórico confiaron en que la influencia de Patricia Caicedo, quien tiene burocracia en entidades como la Agencia Nacional de Tierras y la Unidad de Víctimas, serviría para transferir respaldo a Rafael Noya, sin embargo, no ocurrió. La estructura de Patricia se alineó con Margarita Guerra. Ese movimiento dejó en evidencia que las órdenes desde Bogotá no tienen efecto sobre la maquinaria que controla la familia Caicedo.

La conclusión es contundente: los votos de izquierda en el Magdalena, en la práctica, no los mueve el Pacto Histórico; los mueve Caicedo.

Una ruptura que altera la correlación de fuerzas del sector

La intención de dirigir un proyecto progresista con sello propio, no es solo un distanciamiento; es una reafirmación de que la izquierda del Magdalena tiene un liderazgo distinto al que gobierna desde Bogotá. Y ese liderazgo, con o sin afinidad nacional, no se subordina.

El gesto de Petro, también revela otro mensaje: el Pacto Histórico reconoce, tácitamente, que en Magdalena su presencia es débil. Sus cuadros no logran acumular respaldo; su militancia es dispersa; su estructura no opera como organización estable. La improvisación al apoyar a Noya, sin tejido, sin operación de base y sin vocería reconocida, lo demuestra.

Este choque condiciona lo que viene. En marzo, cuando se eligen Cámara y Senado, la ruptura entre Petro y Caicedo puede traducirse en una competencia directa que deje al progresismo nacional sin representación sólida en el Caribe. Si se profundiza, incluso puede permear la presidencial: dos corrientes sin conexión compitiendo por el mismo electorado minan cualquier posibilidad de consolidación.

La pelea, además, no se queda en los despachos. Se trasladó a redes, donde dirigentes de ambos lados se acusan mutuamente. El lenguaje es de confrontación abierta: no hay búsqueda de conciliación, no hay voluntad de moderación.

En términos prácticos, la ruptura entre estas dos figuras configura un choque entre dos mandos. No son socios de un modelo común: son adversarios que buscan ocupar el mismo espacio ideológico. Y en la medida en que ambos reclaman ser el referente de la izquierda, la confrontación se convierte en una disputa por identidad, por representación y por futuro.

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