Crónicas y anécdotas de la historia de Santa Marta basadas en el relato de Álvaro Ospino Valiente, Arquitecto e Historiador samario
I. El historiador y la ciudad que escucha
El ventilador gira lento sobre la cabeza del arquitecto Álvaro Ospino. Afuera, el mediodía cae con ese peso antiguo que solo existe en las ciudades fundadas antes de que existiera la idea misma de país.
—Santa Marta nunca ha sido pobre —dice—. Ha sido ilusionada.
Lo dice como si estuviera confesando un secreto que la ciudad guarda desde hace quinientos años.
La frase queda suspendida en el aire caliente.
Santa Marta no ha vivido de lo que es, sino de lo que cree que puede llegar a ser. Cada siglo le ha prometido una salvación distinta. Cada generación ha creído estar al borde del gran despegue. Y cada vez, cuando parece que por fin despegará, algo se diluye.
O cambia de rumbo, o se va para otra ciudad; como si el destino tuviera siempre otro puerto marcado, la historia de Santa Marta no es una línea recta. Es una sucesión de ilusiones… Y también de olvidos.
II. El oro que no quiso quedarse
El 29 de julio de 1525, cuando Rodrigo de Bastidas fundó la ciudad, no estaba pensando en turismo ni en puertos de cruceros. Pensaba en oro.
Toda fundación en el siglo XVI era, en el fondo, una apuesta minera.
La ciudad nació mirando hacia la Sierra, no hacia el mar. El mar era tránsito. La Sierra prometía riqueza, pero el oro no fue dócil.
Las resistencias indígenas, la complejidad del territorio y la precariedad de la empresa colonial convirtieron la búsqueda en una frustración prolongada. Casi un siglo duró la ilusión.
Luego los galeones españoles descubrieron una ruta más eficiente: el canal de las Bahamas. Ya no era necesario tocar fondo en Santa Marta rumbo a Veracruz. Las flotas evitaban la bahía. El comercio dejó de necesitarla.
Y cuando una ciudad deja de ser necesaria en una ruta imperial, comienza a desdibujarse, mientras tanto, Cartagena se consolidaba como bastión militar y comercial. La derrota del vicealmirante inglés Edward Vernon en 1741 convirtió a Cartagena en símbolo de resistencia imperial.
Santa Marta miraba desde la periferia quiso ser Plaza Activa de Guerra, insistió durante los siglos XVII y XVIII, pero el prestigio, ese capital invisible, ya había cambiado de domicilio y la ciudad volvió a quedar en espera.
III. El libre comercio como redención
En 1778, Carlos III promulgó el Reglamento de Libre Comercio entre España y las Indias, en términos modernos, fue un tratado de libre comercio colonial.
Legalizar el comercio era, paradójicamente, una forma de combatir el contrabando. Abrir para controlar. Santa Marta respiró. Llegaron comerciantes catalanes. Se movió la economía. Hubo construcción, intercambio, circulación. Durante un instante histórico, la ciudad volvió a sentirse incluida.
Pero la prosperidad fue breve. como si el destino le concediera siempre ensayos, nunca estrenos definitivos.
IV. La ciudad acusada de floja
Los viajeros europeos del siglo XIX escribieron crónicas donde describían a los samarios como perezosos ¡No entendieron el clima!
A las cinco de la mañana, el río Manzanares era una procesión. Mujeres con tinajas en la cabeza regresaban del baño matinal. No había albercas en las casas coloniales porque el agua se cargaba cada día.
De cinco a nueve, el mercado en la Placita Vieja —donde hoy queda el Parque de los Novios— era un hervidero de voces. Carnes, verduras, flores. Después, silencio.
A las cuatro de la tarde, la siesta.
Hamacas colgadas, puertas entreabiertas, el calor imponiendo su ley. No era ocio. Era supervivencia climática.
Al caer la tarde, paseo por la playa. Chocolate espeso. Bocadillo. Poesía. Guitarras. Conversaciones que mezclaban política, religión y chisme.
Cuatro actos diarios. Pero el europeo, habituado al invierno, veía inmovilidad.
Y escribió “pereza”. El clima también es una forma de gobierno.
V. El tren que prometió el interior
El siglo XIX trajo una nueva promesa: el ferrocarril. No fue diseñado para el banano. Fue concebido para competir con Barranquilla, para conectar con el interior por el río Magdalena. Pero el capital no alcanzó y entonces apareció el banano.
La industria bananera fue un accidente histórico que terminó convirtiéndose en destino. El tren comenzó a transportar racimos verdes que viajaban hacia vapores con destino a Estados Unidos y Europa.
Durante un tiempo, la ciudad vibró.
Llegaban vaporinos con semanas de navegación acumulada. Obreros macheteaban durante quince días y bajaban al puerto con el salario en el bolsillo.
En la Calle 8 —la calle de Bastidas, luego conocida como Calle de las Piedras— se encendían faroles. Allí nació la zona de tolerancia. Los trabajadores buscaban olvido y los bares ofrecían música.
La economía nocturna crecía a la sombra del comercio internacional.
Hasta que en 1961 el alcalde José Lacouture cerró la zona por presión social. Las familias querían tranquilidad. Los editoriales exigían orden.
Otra economía clausurada y otra ilusión que cambia de forma.
VI. La catedral financiada por el aguardiente
En 1771, una real cédula ordenó un impuesto de medio real por cada frasco de aguardiente consumido en la provincia. Con ese impuesto se financió la Catedral de Santa Marta. Fe y alcohol levantaron muros.
En ese templo reposan los restos de Rodrigo de Bastidas, trasladados en 1953 desde República Dominicana. La ciudad se construyó entre contradicciones: devoción y comercio, mística y contrabando, moral pública y vida nocturna.
VII. El hombre que miró al mar
Mientras los empresarios miraban al monte —banano, palma, corozo— un hombre miró al mar. Pepe Vives entendió que el futuro estaba en la bahía, construyó el Hotel Tayrona. Apostó por el turismo cuando parecía una extravagancia.
Décadas después, el turismo compite con el puerto. La discusión sobre la compatibilidad entre cruceros y carga sigue viva.
Santa Marta continúa debatiéndose entre mercancía y paisaje, entre productividad y contemplación.
VIII. El centro que cambió de dueños
Cuando el Ministerio de Cultura impulsó la recuperación del Centro Histórico, la idea era que volviera a ser residencial. Ocurrió lo contrario, llegaron inversionistas extranjeros. Subieron los avalúos y las familias vendieron.
“Estoy viejo, mejor me compro algo más pequeño y reparto lo demás entre los hijos”, pensaron muchos. El centro dejó de ser hogar y se convirtió en negocio.
Las mecedoras desaparecieron, las tertulias se mudaron a restaurantes y la nostalgia se volvió un producto turístico.
IX. La ciudad que aún espera
Santa Marta es llamada la Bahía más linda de América. Es la ciudad madre de Colombia. Es la dos veces santa, pero también es la ciudad que siempre estuvo a punto:
A punto de ser el gran puerto imperial.
A punto de consolidar el libre comercio.
A punto de dominar el comercio interior.
A punto de que el banano la hiciera potencia.
A punto de que el turismo la transformara.
Siempre a punto, y sin embargo, sigue ahí.
Resiste el calor. Resiste las promesas. Resiste la memoria.
Como si hubiera entendido algo que el resto del país aún no comprende: que no todo desarrollo es lineal, que no toda expectativa se cumple, que no toda ilusión debe materializarse para sostener identidad.
Tal vez su verdadera riqueza no está en lo que logró, sino en lo que soñó, porque Santa Marta no es solo lo que fue, es todo lo que estuvo a punto de ser.