La regulación de ventas dentro de la universidad busca poner reglas claras, mejorar la seguridad y mantener espacios académicos en condiciones adecuadas, sin cerrar las oportunidades de ingreso para los estudiantes que dependen de estas actividades.
Dentro de la Universidad del Magdalena se está dando una discusión que en realidad muchas instituciones han tenido que enfrentar, cómo responder a las necesidades económicas de los estudiantes sin perder el orden que exige un campus universitario, una línea que no siempre es fácil de manejar y que, cuando no se atiende a tiempo, termina generando más problemas que soluciones.
Caminar por la universidad permite ver esa realidad sin necesidad de explicaciones, estudiantes que venden productos para sostenerse, actividades que nacen de la necesidad y que han sido parte del día a día, pero que con el tiempo empezaron a ocupar espacios que no estaban pensados para eso, pasillos llenos, zonas de tránsito convertidas en puntos de venta y, en medio de todo, dificultades para el desarrollo normal de las actividades académicas.
Frente a ese escenario, la posición del rector Pablo Vera Salazar ha sido clara, no se trata de cerrar esas oportunidades, se trata de organizarlas, de poner reglas que permitan que todos convivan en un mismo espacio sin afectarse, una decisión que puede generar incomodidad en algunos sectores, pero que apunta a resolver una situación que ya venía creciendo.
Y es que aquí hay un tema que pesa, la seguridad, porque el campus no solo lo ocupan estudiantes, profesores y trabajadores, también se ha vuelto atractivo para personas externas que intentan ingresar sin control, lo que abre la puerta a actividades que nada tienen que ver con la vida universitaria, desde ventas no autorizadas hasta situaciones más delicadas que terminan poniendo en riesgo a la comunidad.
Por eso, reforzar los controles de acceso no aparece como una medida exagerada, sino como una necesidad, saber quién entra, quién permanece dentro y con qué propósito, termina siendo básico en un espacio donde circulan miles de jóvenes todos los días, y aunque a algunos les resulte incómodo, es una forma de proteger a quienes realmente hacen parte de la institución.
Ahora, lo que cambia el enfoque es que la universidad no está actuando solo desde la restricción, al mismo tiempo ha venido fortaleciendo espacios como la zona de emprendimiento, donde decenas de estudiantes ya desarrollan sus ideas en condiciones más organizadas, sin interferir con clases ni con el uso de espacios académicos, lo que demuestra que sí hay una intención de mantener esas actividades, pero bajo un orden.
A esto se suma un elemento que no se puede dejar de lado, las estrategias de apoyo económico que la institución ha venido implementando, desde alivios en matrícula hasta programas que buscan ampliar el acceso a la educación, acciones que muestran que hay una comprensión real de las dificultades que enfrentan muchos estudiantes y que la respuesta no se limita a controlar, sino también a acompañar.
Parte del ruido que se ha generado tiene que ver con cómo se ha interpretado la medida, en algunos casos se presenta como una limitación directa al estudiante que vende, cuando en el fondo lo que se busca es evitar que el desorden termine afectando a todos, porque no es lo mismo vender en un espacio adecuado que hacerlo en medio de un flujo constante de personas que necesitan movilizarse o asistir a clases.
También influye que no todas las opiniones vienen desde dentro de la universidad, lo que distorsiona la conversación y la aleja de lo que realmente viven quienes están en el campus, donde la necesidad de orden y seguridad se siente de manera más directa.
Lo que se ve en este caso es una decisión que intenta poner equilibrio, no es perfecta ni pretende serlo, pero sí responde a una situación concreta, ordenar sin desconocer, regular sin cerrar, cuidar el espacio universitario sin darle la espalda a quienes lo habitan, una tarea compleja, pero necesaria si se quiere que la universidad siga funcionando como un lugar de formación y no como un espacio sin control.