Home Portada ¿Por qué los dirigentes de Santa Marta no logran sostener sus estadios?

¿Por qué los dirigentes de Santa Marta no logran sostener sus estadios?

por Álvaro Quintana Mendoza
Entre el abandono del Eduardo Santos y las eternas adecuaciones del Sierra Nevada, el fútbol samario sigue buscando un hogar que logre mantenerse en pie sin excusas.

Dos escenarios, miles de millones invertidos y una misma sensación que se repite con los años: proyectos que se abren, se anuncian y se usan, pero que nunca terminan de resolverse. El resultado lo paga el fútbol y lo vive la ciudad.

En Santa Marta hay dos estadios que parecen contar la misma historia desde caminos distintos, uno que quedó detenido en el tiempo y otro que avanza, pero sin lograr estabilidad, el Estadio Eduardo Santos y el Estadio Sierra Nevada no solo representan infraestructura deportiva, también reflejan cómo se han manejado los procesos públicos durante más de una década, decisiones que no se conectan entre sí, inversiones que se repiten y soluciones que no llegan a cerrarse.

Durante años, el Eduardo Santos fue el eje del fútbol samario, allí jugó el Unión Magdalena y allí se consolidó una relación directa con la gente, pero todo se detuvo en 2013 cuando el escenario fue cerrado por problemas estructurales que comprometían la seguridad, una decisión necesaria, aunque lo que vino después terminó marcando el problema de fondo, el estadio no fue intervenido de forma inmediata, tampoco se ejecutó un plan claro de recuperación, con el paso del tiempo el deterioro se hizo visible, las graderías empezaron a mostrar daños, la vegetación ocupó espacios y el escenario quedó suspendido en una especie de espera que nunca se resolvió.

La declaratoria como patrimonio lo protegió en el papel, pero no activó una solución concreta, no se demolió, no se recuperó y tampoco volvió a operar, quedó en un limbo que explica mucho de lo que pasaría después, porque mientras el estadio antiguo se deterioraba, la ciudad decidió mirar hacia otro lado y construir uno nuevo.

Un reemplazo con fecha límite

En 2016, durante la administración de Rafael Martínez, se tomó la decisión de levantar el Sierra Nevada, la meta era clara, llegar a tiempo a los Juegos Bolivarianos de 2017, el contrato inicial superaba los 52 mil millones de pesos y luego creció con adiciones, todo avanzó con la presión del calendario, con tiempos ajustados y poco margen para corregir sobre la marcha.

El estadio se inauguró sin estar completamente terminado y aun así empezó a utilizarse, primero para el evento internacional y luego como sede del Unión Magdalena, el regreso del equipo generó expectativa, pero la estructura empezó a mostrar sus límites muy rápido, en 2019 una lluvia dejó al descubierto fallas en el sistema de drenaje, la cancha no respondió y un partido tuvo que suspenderse, ese episodio fue una señal que el escenario no había sido entregado en condiciones óptimas.

A eso se sumaba un elemento que marcó la operación durante años, el contrato de obra no se había liquidado, lo que dejaba abiertas las responsabilidades y generaba un funcionamiento sin cierre formal, el estadio estaba en uso, pero no completamente terminado en términos técnicos ni administrativos.

Un estadio que sigue en ajustes

Durante la administración de Virna Johnson, el Sierra Nevada siguió recibiendo partidos, pero los problemas estructurales no desaparecieron, la cancha, el drenaje y las obras pendientes seguían apareciendo en la discusión, mientras el Eduardo Santos continuaba deteriorándose sin intervención real, la ciudad empezó a convivir con dos escenarios que no resolvían el mismo problema.

Con la llegada de Carlos Pinedo Cuello, la situación obligó a una nueva inversión, entre 2023 y 2025 se destinaron recursos adicionales para terminar obras y corregir lo que había quedado pendiente, lo que elevó la inversión total del Sierra Nevada a más de 80 mil millones de pesos, las intervenciones permitieron avanzar y, según reportes oficiales, dejar el estadio completamente habilitado en 2025.

Sin embargo, el problema más visible no se ha ido, el gramado sigue sin lograr estabilidad, lo que ha obligado a restringir el uso del escenario en distintos momentos, afectando directamente al Unión Magdalena, que ha tenido dificultades para mantener su localía de forma continua, adaptarse a cambios y enfrentar limitaciones en su propio estadio, el escenario existe, pero no responde con regularidad.

Dos estadios, una misma forma de hacer las cosas

Mientras el Sierra Nevada intenta estabilizarse, el Eduardo Santos permanece en silencio, sin obras visibles, sin intervención en marcha y con un deterioro que avanza con el tiempo, la ciudad convive así con dos imágenes que terminan explicándose entre sí, un estadio que se dejó caer y otro que no se terminó bien.

No es un problema de recursos, las cifras muestran inversiones altas, tampoco es un hecho reciente, es el resultado de decisiones que no se conectan, de procesos que se abren en una administración y quedan a medio camino para la siguiente, sin continuidad técnica ni un modelo claro de mantenimiento y operación.

Por eso la pregunta sigue abierta y no es retórica, porque los dos estadios terminan diciendo lo mismo, uno refleja lo que ocurre cuando se abandona un proyecto, el otro muestra lo que pasa cuando se ejecuta sin cerrarlo completamente, y en medio de esa historia el Unión Magdalena sigue esperando algo básico, un estadio que no tenga que ponerse en duda cada temporada, mientras Santa Marta sigue teniendo dos escenarios y una sola realidad, ninguno ha logrado sostenerse como una casa estable.

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