La decisión de la exrectora de la Institución Universitaria de Santa Marta (USM), Joceline Azar Nigrinis, de aspirar a la Alcaldía reabre un fenómeno que la ciudad ha visto en otras ocasiones. Más que una coincidencia, el tránsito de la academia a la política plantea una pregunta de fondo: ¿qué ofrece una rectoría para convertirse en una carta de presentación hacia el principal cargo de elección popular del Distrito?
Las campañas políticas suelen comenzar con discursos, recorridos por los barrios y promesas de gobierno. Sin embargo, algunas empiezan mucho antes, en escenarios que, a primera vista, parecen alejados de la competencia electoral. En Santa Marta, uno de esos espacios ha sido la rectoría de las universidades.
La decisión de Joceline Azar Nigrinis de dejar la dirección de la Institución Universitaria de Santa Marta para buscar la Alcaldía no inaugura un camino desconocido; por el contrario, vuelve a poner sobre la mesa un patrón que merece ser analizado.
No se trata simplemente de que una exrectora aspire a gobernar la ciudad. La verdadera pregunta es por qué ese cargo se ha convertido, una y otra vez, en una plataforma desde la cual algunos dirigentes consideran posible construir una candidatura competitiva.
Un cargo que trasciende la academia
Desde afuera, la rectoría suele asociarse con aulas, estudiantes y procesos académicos. En la práctica, el cargo exige mucho más. Un rector administra presupuestos, lidera equipos de trabajo, ejecuta proyectos de infraestructura, responde por procesos contractuales, gestiona recursos ante el Gobierno Nacional y mantiene un diálogo permanente con gremios, empresarios, organizaciones sociales y autoridades locales.
Ese conjunto de responsabilidades termina acercando la rectoría a un modelo de gerencia pública.
Aunque administrar una universidad no equivale a gobernar una ciudad, sí ofrece experiencia en planeación, toma de decisiones y manejo institucional, competencias que suelen convertirse en argumentos de campaña cuando llega el momento de dar el salto a la política.
La rectoría también construye liderazgo
Existe otro elemento que ayuda a explicar este fenómeno: la exposición pública.
Quien dirige una institución de educación superior participa en debates sobre desarrollo, empleo, innovación, formación de talento humano y proyectos estratégicos para la ciudad. Con el paso de los años, esa presencia va consolidando un reconocimiento que difícilmente se alcanza desde otros cargos técnicos.
En el caso de Joceline Azar, buena parte de su discurso político se apoya precisamente en la experiencia adquirida durante la creación y consolidación de la USM, una institución que pasó del papel a la operación académica bajo su liderazgo.
Más que presentar un programa de gobierno tradicional, su apuesta inicial gira alrededor de conceptos como gerencia, planificación y educación, elementos que buscan diferenciar su propuesta dentro del escenario electoral.
El verdadero examen comienza fuera del campus
Sin embargo, la historia también demuestra que una trayectoria académica no garantiza el respaldo ciudadano.
Administrar una universidad implica trabajar con indicadores, procesos y planificación. Una campaña electoral exige, además, construir una estructura territorial, recorrer barrios, escuchar problemas cotidianos y conectar con un electorado diverso que espera respuestas sobre servicios públicos, movilidad, seguridad, empleo y calidad de vida.
Ese cambio de escenario representa el mayor reto para cualquier rector que aspire a la Alcaldía.
La capacidad administrativa puede abrir puertas, pero las elecciones se definen en un terreno mucho más amplio, en el que pesan tanto la cercanía con la ciudadanía como la construcción de alianzas políticas y sociales.
Una señal sobre la ciudad
La repetición de este fenómeno también dice algo sobre Santa Marta.
Cada vez que un perfil proveniente de la academia decide entrar en política, emerge una expectativa compartida por un sector de la ciudadanía: la posibilidad de trasladar modelos de organización, eficiencia y planeación al gobierno distrital.
Eso no significa que la ciudad vote exclusivamente por perfiles técnicos ni que las universidades sean una fábrica de candidatos exitosos. Lo que evidencia es que la experiencia gerencial adquirida en una rectoría ha comenzado a ser vista como un activo político con capacidad de competir frente a los liderazgos tradicionales.
En ese contexto, la candidatura de Joceline Azar no solo representa una nueva aspiración a la Alcaldía. También confirma que las instituciones de educación superior han dejado de ser únicamente espacios de formación profesional para convertirse en escenarios desde los cuales se construyen liderazgos con proyección pública.
Mucho más que una candidatura
Es demasiado temprano para anticipar el desenlace electoral. La campaña apenas comienza y serán los ciudadanos quienes definan si esa experiencia administrativa logra convertirse en respaldo en las urnas.
Lo que sí deja claro este nuevo capítulo es que la rectoría ha adquirido un papel distinto dentro de la vida pública samaria. Ya no es únicamente un cargo académico; también puede convertirse en un escenario desde el cual se construye reconocimiento, se fortalecen redes institucionales y se proyecta una visión de ciudad.
Quizá esa sea la principal lección que deja la decisión de Joceline Azar. Más que el anuncio de una candidatura, su llegada a la contienda vuelve a demostrar que, en Santa Marta, algunas campañas empiezan mucho antes de que aparezcan las vallas, los discursos o los recorridos por los barrios. En ocasiones, comienzan en un campus universitario, allí donde la gestión diaria termina convirtiéndose en la primera carta de presentación ante los electores.